lunes, 22 de abril de 2013

Una historia, un gracias y un hasta luego

Gracias.
¿Por qué empiezas con un gracias? 
Porque así es como debe ser. Porque lo primero que se ha de hacer es agradecer a todo aquel que ha leído mis historias alguna vez que me regalara su atención, su tiempo, un momento de su vida; porque esos son regalos demasiado valiosos como para no saber apreciarlos.
Suena a despedida, pero no lo es. Sólo una pausa, unos meses en los que me resultará imposible seguir con las historias y con Candela, un personaje que nació casi sin darme cuenta y que me ha hecho muy feliz.
Incluso alguna vez he dejado de aclarar a algún que otro que ni mis personajes soy yo ni sus azares son mi vida... y es una pena, porque mi existencia es bastante menos divertida e interesante que la de ellos.

Y, sin palabras, hoy, una historia, un gracias y un hasta luego.


Bolígrafa



          Hace algunos años tuve una amiga que era polígrafa. Yo, que soy mucho más modesta, me quedé en bolígrafa, porque me gusta escribir a boli. Desde aquel entonces no he vuelto a ver ni a tener contacto con dicha amiga (no estoy segura de que pueda seguir utilizando tal calificativo al referirme a ella). Pero, sin embargo y sin motivo claro alguno, a menudo me acuerdo de ella. Era más castaña que rubia, pero al preguntarle por el tono de su cabello, ella respondía que miel.
       No es que la gente por la calle le abordara constantemente con tal cuestión, aunque nunca faltan lunáticos por las aceras, sino que era más bien en las tardes de terraza con cerveza cuando algún que otro despistado se encontraba con su leonina melena en pleno rostro. Y de tanto meter por los ojos, y por la boca, su brillante cabellera, el interfecto no tenía por menos que hacer algún comentario respecto del asunto. Era en este momento en el que mi amiga se venía arriba, se crecía y concentraba todo su explosivo poder en unos folículos pilosos, muy sedosos, es justo decirlo, de tono miel, según ella; más bien castaño de toda la vida, según yo.
        La cuestión es que cuando dejé de quedar con mi amiga la polígrafa hirsuta, a eso de mitad de los noventa, en plena androginia y perfume unisex, decidí hacerme escritora que trabajara de cajera en una tienda zara del centro de la ciudad. Al poco pude comprobar dos cosas: una, lo mucho que costaba contar con interés algo que no tuviera importancia ninguna y, por otro lado, la cantidad de famosos y famosas que entraban a comprar en la tienda. Hecho que nunca me dejaba de sorprender, menos por el famoso en sí, y más por el postín y humos que se daban mientras compraban un vestido de rebajas acabadas en 99 o 95 céntimos (daría mi reino por una etiqueta acabada en 97 o 73, qué alborozo de originalidad contra natura de psicología comercial).
         Volviendo a las mismas ramas, he de decir que de la primera situación saqué la conclusión de que no sería capaz de escribir con arte ni la lista de la compra. De la segunda, que muchos famosos iban más de pose que de visa y que ya estaba decidido… me volvería boligrafrán, que no es ser fan de los bolis, sino fan con bolígrafo siempre afilado y presto para conseguir un autógrafo de su ídolo en cualquier momento, lugar y situación. Y si de esa firma consagrada se pasa a una conversación agradable, luego a una cena romántica y más tarde a un programa del corazón donde la caja registradora timbrea sin parar… Ergo: se acabó el currar de diez a diez, más los domingos y festivos. ¡Eso sí que es ser fashion victim!
         Es más, sigo analizando mi plan. Con que consiga el autógrafo y me fije bien en alguno de los lunares que pueda tener en el cuerpo (siempre se puede echar un vistazo rápido en los probadores; “A ver qué tal le queda”, “huy, mil perdones, pensé que ya estaría vestido”) podría saltarme la cena y pasar directamente a poner el cazo de las pesetas. Y es en momentos como éste, en los que me acuerdo muy mucho de mi vecina Maru, que con un título de peluquera le igualó las puntas a un futbolista y ahora desfleca las lenguas a las cuatro de la tarde, nieve o haga sol, por el canal 36. Maru sí que sabía… lo que hay que saber.




 




lunes, 15 de abril de 2013

Los lunes de Candela. ¿Chini, midi, widi?



Cuando entro en un restaurante de comida rápida donde sirven hamburguesas, patatas fritas y un bol lleno de lechuga hasta los topes con dos tristes croûtons de pan al que ellos llaman ensalada césar, no puedo dejar de acordarme del sketch humorísitco en el que se pedía un menú de un modo un tanto peculiar.
-Usted qué tamaño quiere: ¿chini, mini, midi, widi?
-Y la bebida: ¿maxi, midi, mini, chini midi widi?
Y es que creo que entiendo menos esos carteles que el sánscrito que, estoy convencida, habla la señora Teresa, mi querida, anciana y algo demente vecina del quinto, cuya única palabra que se le entiende claramente es “puta”.
Que la vida quizá no sea más cuestión que la de entrenar el ojo, como quien entrena el culo haciendo sentadillas, y tenerlo más avizor (el ojo, no el pompis) que Amancio Ortega para la moda es sólo cuestión de práctica. Y quien dice el ojo dice el oído. Que no es cuestión de cotilleo, sino de estudio antropológico social, aunque sea una investigación más de chichinabo que los juegos de química para niños.
Pues lo dicho, que entrenando los sentidos esta semana la calle no ha dejado de sorprenderme con retazos de frases inauditas como:
-“Gays no, que ya tengo muchos…”
Comorrrr, pensé yo.
Así dialogaba por teléfono una señora más mediana que un habitante de la Comarca del Señor de los anillos (mediana estatura, mediana edad, etc.).
Al oír aquello, casi sin darme cuenta, me frené en seco, cual poni trotón, con la consiguiente protesta del señor que caminaba detrás de mí, pues estuvo a punto de toparse con mi espalda y arrearme un tozolón con el periódico que llevaba enrollado bajo el brazo. Y cuando finalmente me pasó de largo y le hice un amago de disculpa con la mano estuve a punto de decirle “disculpe usted buen hombre absorto en sus vacuos pensamientos, pero es que esta señora tiene una colección de personas en casa”. Que ya me imagino yo la repisa del mueble bar de su salón cuando vengan sus amigas de visita: “Mira, Maruchi, aquí tengo mi colección de tendencias sexuales de porcelana: siete gays, dos heterosexuales, un bisexual; mis favoritos son el gay tirolés y el gay estilo Luis XV. Ya sólo me falta la última pieza de la casona rústica en la que vienen…”.
En fin, que el mundo es hermoso e inaudito no hace falta hacer meditación trascendental para saberlo, que las frases sacadas de contexto tienen más peligro que mi esteticista con las pinzas tampoco es nada nuevo y que a mí me pudo el pudor y el miedo a que fuera una psicópata en potencia es todo un hecho, pues si no le hubiera preguntado: “Señora, por favor, explíqueme ipso facto a qué se refiere, porque me acabo de quedar chini mini midi widi”.

Pd. de S.:  Feliz lunes y mejor semana.

lunes, 8 de abril de 2013

Los lunes de Candela. Y yo que me creía tan sana




“Tiene usted colesterol”. Y el médico ni quitó la vista de la pantalla del ordenador donde estaba leyendo el informe de mi último análisis de sangre.
“Pero si yo…”, fue lo único que atiné a decir, aunque en realidad quería continuar la frase con “…llevo vida sana”.
El galeno pareció adivinar mi pensamiento lingüístico y acto seguido, me miró y me preguntó “¿qué tipo de alimentación lleva?”.
“Pues… yo tomo verdura, y pescado y…”. Y en ese momento tenía que callarme pues empezaba a recordar que entre verdura y verdura también ingería los dos sobaos pasiegos de por la mañana, más la rosquilla de azúcar del mediodía, la palmerita del café de las cuatro y, si no se hacía tarde para la siesta, de vez en cuando unas patatitas fritas de bolsa a media tarde; vamos que a mi cuerpo y sus lechugas no le daban tiempo a depurar tantos azúcares refinados industriales. Estaba claro, si no cuidaba mi alimentación, iba camino de tener un chalé de dos metros cuadrados sin vistas a la calle. Pensamiento éste que ya de por sí me iba dejando la cara como una acelga, tan concienciada estaba ya con mi nuevo tipo de dieta. Y es más, me debí quedar como un conejo cuando le dan las largas en el momento en que el médico me dijo que me iba a mandar al hospital para que me “terminaran” (al oírlo me acongojé toa') “de hacer unas pruebas” (uf, qué alivio; creía que me iban a dar el finiquito eugenésico o algo por el estilo; es que el fin de semana había visto la película ¿Vencedores o vencidos? sobre los juicios de Nuremberg y tenía la sensibilidad a flor de piel).
En fin, dicho y hecho, a los pocos días salía de la consulta del especialista en el hospital con mis papelitos bajo el brazo y mi riesgo de infarto por las nubes, cuando ilusa de mí intenté salir a la calle. Y digo intenté porque me río yo de Teseo y el laberinto del Minotauro, si ambos hubieran conocido los pasillos de un hospital público habrían tenido por lo menos dos o tres ataques de ansiedad.
La cosa es bien simple, como todos son iguales por aquello de que la uniformidad da tranquilidad y equilibrio y todo el personal va vestido igual…, tanto que eres incapaz de distinguir a cirujanos jefe de personal de limpieza (y, ojo, no porque una profesión sea más digna que la otra), que ya podrían dividirse por secciones y colores (por ejemplo: cardiólogos de rojo, ginecólogos de fucsia, traumatólogos de blanco por los huesitos y el resto pues que se repartan entre el verde y el azul que son colores muy socorridos). Pero no, allí todo era igualito, y que conste que yo seguía los carteles indicativos, que haberlos haylos como las meigas, no vamos a negarlo, pero poco podían hacer frente a mi supino despiste y mi nulo sentido de la orientación.
Aquello era un cachondeo. Así que la quinta vez que pasé por el mismo ascensor “reservado a personal sanitario y camillas”, me di cuenta de que Alonso y Jenson Button me sacaban ya dos vueltas de ventaja en el circuito y no me quedaba más remedio que parar en boxes, o lo que es lo mismo: o preguntaba a alguien (y seguro que quedaba como una ridi de ridícula porque tendría la salida casi enfrente de mis narices colesteróticas o me sentaba al lado de la máquina expendedora y me tomaba un piscolabis para reponer fuerzas y seguir con la carrera, eso sí, cambiando antes las ruedas por las de “la leche bendita cómo resbalan los suelos de los hospitales, qué manía tienen de encerarlos tanto”).
Llegados a este punto, me paré y respiré hondo. Estaba claro: sólo me quedaba probar la ley del laberinto, mano pegada a la pared derecha, girar siempre en el mismo sentido, y que Dios reparta suerte, porque como reparta justicia más de uno se va a quedar jodipiiiiiiiiiiii...

Jenson Button

Pd. de S.: Que nos perdone Alonso, y ¡puxa Asturies!, pero poner la foto de Button era de rigor. 
Feliz lunes y mejor semana.

lunes, 1 de abril de 2013

Los lunes de Candela. 'Ojiplática'



Cosas que me dejan ‘ojiplática’:

  • ver cinco consejos de vida sana en una bolsa de pajitas de ketchup, (hechas posiblemente con el mismo plástico con el que está fabricado el envase) 
  •  un gimnasio para perros 
  •  un caniche con un plumas blanco con capucha (para más inri la capucha tenía pelito)
  •  ver a otro perrillo chico al que le habían tintado una mecha rosa y otra verde. ¿Le habría preguntado alguien al animal si quería ser perroflauta, a lo mejor le iba más el estilo gótico casual? (¿pensaría el dueño alguna vez en la libertad volitiva de su can?; o lo que es lo mismo ¿por qué no se pinta usted las gónadas en vez de echarle químicos al perro?)
  •  el intelecto de los participantes de Gandía Shore (la versión británica, Geordie Shore, no tiene precio)
  •  las velas perfumadas que cuando las enciendes no huelen a nada
  •  el increible peso de las botas Hunter (¿cómo podía llevarlas Kate Moss, con sus patitas de alambre, llenas de barro en aquel festival?)
  • las señoras mayores que bajan con abrigos de pieles al mercado
  •  las mismas señoras que se cuelan taimadas y como el que no quiere la cosa. ("Yo estaba aquí, ¡eh!, sólo se me había olvidado la carne, la leche, los huevos… Claro, señora, si yo estaba en la fila el pasado martes, solo que se me había olvidado hacer la compra entera (¡qué paciencia!)
  •  los señores que liberan sus flatulencias en la calle pensando que nadie les oye, (y siempre es de agradecer que lo hagan al aire libre, que hay quien las libera en sitios cerrados, y ahí sí que hay duelo).
  • el precio del metropolitano
  • la credibilidad apabullante de algunas series: Nueva York nevado y la protagonista calzando unos zapatos de tacón y sin medias (‘amos anda’)

 ¿Y a ti, qué te deja con los ojos como platos?

Pd. de S.: Feliz lunes y mejor semana.

lunes, 25 de marzo de 2013

Cerrado por vacaciones

Cerrado por vacaciones. Disculpen las molestias.

Pd. de S.: Mil disculpas por no avisar con tiempo y decir que este lunes se cerraría por vacaciones, la verdad, es que ni yo misma lo tenía planeado, simplemente ha surgido a última hora. Lamento que os paséis "en balde", pero intentaré recompensar el próximo día.
Feliz lunes

lunes, 18 de marzo de 2013

Los lunes de Candela. Gatitos



Una cosa es cierta. Hay datos absolutamente prescindibles que descubres por error, los aprendes sin querer y luego eres incapaz de olvidarlos aunque lo intentes con todas tus fuerzas. Son lo que yo llamo “datos mojón”.
Por ejemplo ¿por qué sé yo que un gran felino, de cuyo nombre no quiero acordarme, una vez que ha cazado se dirige inmediatamente a devorar los grandes músculos de su presa, pasando olímpicamente de las masas más pequeñas, chiquinines no, gracias, y una vez devorada la cantidad necesaria de proteínas que necesita su metabolismo salvaje no vuelve a comer hasta dentro de unos siete días? ¿Cómo es capaz el felino de distinguir semejantes grupos anatómicos sin haber pasado por la facultad de Medicina ni haber visto ni un solo capítulo de Anatomía de Grey? ¿Por qué el bicho es capaz de ingerir de semana en semana cuando yo no puedo parar de picotear cada dos horas si ambos tenemos aproximadamente la misma cantidad de pelos en las piernas en invierno?
Y lo más importante, ¿por qué tengo que saber yo esto?
Por madrugar.
Esto es. Cuando me desperté este domingo a las siete treinta de la mañana, lo primero que hice fue acordarme de mis biorritmos y toda su parentela. Incapaz de volver a dar una cabezadita de descanso dominical, tuve que darme por vencida y levantarme. Acto seguido pensé que si tenía que estar despierta iba a premiarme con un desayuno pantagruélico, de esos de zumo y tostadas. Dicho y hecho. Al poco allí estaba encima de la mesa mi “continental mediterráneo con reminiscencias de americano”. Sólo quedaba un acto para la perfección: amenizar mi festín con la tele. Craso error. ¿Quién es el inquietante ser que elabora la escaleta de programación de primera hora de la mañana del domingo? ¿Va por ensayo y error o lo harán aposta, como diciendo “que se fastidien, que si tenemos que trabajar en domingo se van a enterar, que esto se lo comen con patatas”.
La cuestión es que, según me disponía a saborear mi tostada con mermelada casera, allí estaba el documental del gatito zampándose a Bambi. Lo sé, os preguntaréis que por qué no cambié de canal. La respuesta es bien sencilla: para coger el mando a distancia había que levantarse… ¡Qué pereza!...¡Que es domínica, hombre!...
Así que la opción estaba clara: no siempre puedes cambiar lo que te rodea, pero sí puedes transformar el modo en que te afecta, por lo que decidí aprovechar la emisión para dos cosas: aprender “datos mojones” sobre los felinos y entrenar el autocontrol sobre el vómito… que encontrar el lado bueno de las cosas es sólo cuestión de ponerse.




Pd. de S.: Feliz lunes festivo y felicidades a los José, Pepe, y a todos los padres, papá, papi, papa, papitito, pa, papuchi, etc.
 

jueves, 14 de marzo de 2013

Dicendos

Hoy jueves escribo estas frasen en cascada, que bien podrían llamarse dicendos (aunque lo diga uno solo), vocablo que no existe, pero que a mí bien me vale.


La vida era un silencio tras otro; hasta que en el medio llegaste tú.

Me gustas, invierno, que dejas al mundo azul y recién bañado.

Después de probar tus versos, ningún beso suena mejor.

Si en los errores está eros será que el amor es sólo cuestión de equivocarse.